El impacto del microchip en el fútbol: el gol anulado de Suecia
El cuarto gol de Suecia ante Túnez, en la noche de Mundial que acabó 5-1, no solo cerró una goleada. Abrió un debate. Y lo hizo a partir de un susurro imperceptible: el roce mínimo de una bota sobre un balón con microchip.
Mattias Svanberg marcó apenas 18 segundos después de entrar al campo en la segunda parte, cazando en el área un balón servido a balón parado por Yasin Ayari. Definición limpia, celebración, y enseguida, el freno: bandera arriba. Offside. Gol anulado.
Suecia protestó de inmediato. Desde el banquillo, desde el césped. El gesto clásico hacia la pantalla, el reclamo al árbitro. Entró en escena el equipo VAR. Y con él, una tecnología que el fútbol ha tomado prestada del cricket y que, en este Mundial, empieza a cambiar decisiones milimétricas: el equivalente futbolístico al famoso Snickometer, el “Snicko”.
La jugada clave no estaba en Svanberg, sino en Alexander Isak. El delantero de Liverpool se lanzó al balón en el trayecto del libre directo. A simple vista, no parecía tocarlo. Para los defensas tunecinos, ni rastro de desvío. Para el asistente, tampoco. Pero el balón Trionda, diseñado por Adidas para este Mundial, llevaba guardado un dato que el ojo humano no captaba.
Ese es el corazón del sistema. El Trionda integra un microchip como parte de la tecnología Connected Ball de Adidas. Cada contacto con bota o mano genera un registro instantáneo, una señal que viaja en tiempo real a la sala del VAR. No son intuiciones: son picos de datos, lecturas precisas de cada toque.
En la revisión del gol, las repeticiones mostraron en pantalla una línea plana… hasta que el balón pasó por la zona de Isak. Entonces, un pequeño pico. Un latido digital. El sistema detectó el toque, por mínimo que fuera, en el exterior de la bota derecha del delantero sueco. Y en el momento de ese desvío, Svanberg ya había retrocedido y se encontraba en posición legal.
La consecuencia fue inmediata: el fuera de juego quedó invalidado y el gol subió al marcador.
Clinton Morrison, exdelantero de la República de Irlanda y analista en la retransmisión de BBC Radio 5 Live, lo resumió con claridad: buena definición de Svanberg, pero frustración lógica en los tunecinos. A ojos del espectador, no parecía haber contacto. El sistema, en cambio, vio “el toque más ligero en el exterior de su bota derecha”. Morrison repartió méritos: “Crédito al VAR, crédito al árbitro. Lo han clavado”.
El fútbol ya había coqueteado con este tipo de tecnología en grandes torneos. En el Mundial de Qatar 2022, un registro similar sirvió para aclarar una jugada que durante unos segundos pareció alimentar el mito de Cristiano Ronaldo. En el 2-0 de Portugal a Uruguay, un centro de Bruno Fernandes superó a Sergio Rochet. Ronaldo celebró como si hubiera peinado el balón. El “Snicko” del balón demostró lo contrario: no hubo contacto del delantero, el gol pertenecía al centrocampista.
En la Eurocopa 2024, el sistema volvió a ser protagonista, esta vez para borrar un tanto. Bélgica celebró un gol de Romelu Lukaku ante Eslovaquia que parecía el empate. La revisión con la misma tecnología detectó una mano previa de Lois Openda en la acción. Gol anulado. Del éxtasis al vacío en cuestión de segundos, gobernado por una gráfica y un microchip.
Lo que el fútbol está utilizando hoy bebe directamente de una herramienta ya veterana en el cricket. El Snickometer nació a mediados de los años 90 de la mano del científico informático Allan Plaskett. Su misión: ayudar a determinar, en una revisión de vídeo, si la pelota había rozado el bate del bateador. Imagen cuadro a cuadro y una onda que se dispara cuando hay contacto. Ciencia aplicada a la duda.
En el cricket, esa tecnología se ha ido quedando atrás. Se sigue usando en Australia y Nueva Zelanda, pero ya no en los Test en Inglaterra, donde se ha impuesto UltraEdge, más avanzado. El Snickometer opera a 340 fotogramas por segundo, una cifra que hoy se queda corta frente a sistemas más modernos y frente a la propia Connected Ball del fútbol.
Su uso tampoco ha estado libre de polémica. Durante la serie de Ashes 2025-26, una decisión en torno a Alex Carey encendió el debate: fue dado “not out” en el tercer Test por un “error humano” en la operación del sistema. Carey estaba en 72 y acabó firmando 106 en esa primera entrada en Adelaida. Un fallo técnico que cambió un partido.
En el fútbol, el movimiento va en sentido inverso: lo que en el cricket empieza a ser sustituido, aquí entra en su punto álgido. El objetivo es claro: decisiones más rápidas, más exactas, más respaldadas por datos que por percepciones. Adidas lo vende como una herramienta que “permite decisiones arbitrales más rápidas en el juego y más información sobre el desarrollo que nunca”.
La escena del gol de Svanberg resume el nuevo paisaje arbitral. Un asistente levanta la bandera. Los jugadores protestan. El árbitro espera. En una sala, lejos del ruido del estadio, una pantalla muestra una línea que de pronto se rompe con un pico cuando el balón roza la bota de Isak. El fútbol de élite ya no se decide solo en el césped, sino también en esa fracción de segundo en la que un sensor detecta lo que nadie ve.
Túnez se marcha con la sensación de injusticia. Suecia, con la goleada y el respaldo de la tecnología. Y el Mundial, con otra prueba de que el juego ha entrado de lleno en una era en la que hasta el toque más leve puede cambiar un resultado. La pregunta, cada vez más recurrente, es inevitable: ¿hasta dónde estamos dispuestos a dejar que la máquina dicte el veredicto final en el deporte más humano de todos?
Podría interesarte

Mike Grella y la sorpresa de Australia en el Mundial

Jan Paul van Hecke exige claridad ante el interés de Chelsea y Liverpool

El impacto del microchip en el fútbol: el gol anulado de Suecia

Liverpool busca a Yan Diomande como sucesor de Salah

De Zerbi y su ambición de poder en Tottenham

Amad, el comodín de Costa de Marfil para el Manchester United