Luka Modric: El Fútbol No Está Listo Para Decirle Adiós
Luka Modric, el hombre al que el fútbol se niega a despedir
Parecía el final. Euro 2024, Leipzig, Red Bull Arena. Croacia con un pie en octavos, Italia contra las cuerdas y Luka Modric, una vez más, en el centro del escenario. Marcó en el que era, en la práctica, un playoff de octavos de final: falló el penalti, cazó el rebote y adelantó a su selección. Una escena escrita para el héroe de siempre.
Pero el guion se rompió en el minuto 98. Mattia Zaccagni clavó un derechazo cruel, Italia se metió en las eliminatorias y Croacia se fue a casa. Cuando Modric posó con el premio al Jugador del Partido, el trofeo pesaba como una losa. En su mirada no había celebración, sino la sombra de un final que nadie quería ver.
No era el desenlace soñado para una carrera internacional monumental. Y, aun así, lo que vino después dejó claro que el fútbol no estaba listo para decirle adiós.
En la sala de prensa, el silencio lo rompió un italiano, Francesco Repice. No habló solo por él; habló por todos. Le dio las gracias por “todo lo que has mostrado, no solo esta noche sino en tu carrera” y le pidió, casi suplicando, que “nunca te retires”. El mensaje era universal: nadie quería que ese fuera el último capítulo.
Modric, con 38 años entonces, respondió con la serenidad de quien conoce su cuerpo y su oficio: le gustaría jugar para siempre, pero sabe que llegará el momento de colgar las botas. Seguiría, dijo, aunque sin prometer hasta cuándo.
Lo asombroso es que, tiempo después, todavía no hay respuesta. No porque dude, sino porque sigue rindiendo a un nivel que desmiente su fecha de nacimiento.
El sueño de niño que se convirtió en motor de un gigante
Cuando dejó el Real Madrid tras 13 temporadas llenas de títulos, muchos pensaron que iba a Italia a cerrar el círculo, a cumplir un sueño infantil con la camiseta del AC Milan, el club que admiraba de niño por Zvonimir Boban. Él insistió en que no era un viaje nostálgico. Venía a competir, a ser importante, a ayudar a resucitar a los rossoneri.
Y acertó.
Su fichaje levantó titulares y dudas a partes iguales. ¿Cuánto le quedaba en las piernas? ¿No estaba ya el centro del campo bien cubierto, sobre todo tras la llegada de Samuele Ricci? La respuesta llegó rápido, jornada tras jornada, con la pelota en los pies.
Massimiliano Allegri no dudó. Cuando tuvo que elegir, eligió a Modric. Ricci, 24 años, una de las grandes esperanzas italianas, no se quejó. Al contrario. Admitió que el croata era “el jugador más fuerte” con el que había compartido vestuario. Lo que más le sorprendió no fue su talento, sino su humildad y su ferocidad competitiva en cada entrenamiento.
La prensa italiana, tan rápida para desmontar mitos, se rindió. “Si de verdad tiene 40 años, clonémosle”, lanzó el periodista Alberto Polverosi. No era una hipérbole gratuita: era la sensación general. Modric no jugaba como un veterano que administra esfuerzos; jugaba como un futbolista que todavía quiere dominar los partidos.
Kaká, leyenda del Milan y excompañero suyo en el Real Madrid, ofreció la explicación más simple y más contundente: Modric es una “fuerza de la naturaleza” de 40 años. Conoce su mentalidad, sabe que lo normal, después de ganarlo todo, es perder algo de hambre. Modric va al revés. Sigue queriendo enseñar, corregir, llamar a sus compañeros, pelear cada balón. Energía, personalidad, liderazgo, técnica. Un paquete completo… a una edad en la que la mayoría ya comenta partidos por televisión.
Su impacto no se limitó a los domingos. En Milanello, su exigencia en los entrenamientos elevó el listón. Su sola presencia, decía Kaká, le venía bien a todo el fútbol italiano.
Dependencia total y caída libre
Allegri se enamoró futbolísticamente de Modric. Tanto, que se llegó a hablar de él como posible asistente del técnico la próxima temporada. El vínculo era evidente: en el campo, el croata era una extensión del entrenador.
Ahí apareció el problema. El Milan empezó a depender demasiado de él.
Cuando llegó la lesión, el castillo se vino abajo.
El 26 de abril, en un 0-0 ante la Juventus, Modric sufrió una fractura en el pómulo. No pudo ser titular en los últimos cuatro partidos de la Serie A. El Milan perdió tres de ellos. De tercero a quinto. De Champions a la Europa de la resignación.
Un golpe deportivo y económico que el club no podía permitirse. Y una prueba brutal de cuánto había pasado a girar el equipo alrededor de un futbolista de 40 años.
La consecuencia fue inmediata: Allegri, señalado por no asegurar el top-4, terminó despedido. El futuro de Modric, de repente, dejó de estar tan claro. Él ha hablado maravillas del club, de la ciudad, de la vida en Milán. Pero en el horizonte se dibuja una vieja casa conocida: en Madrid se comenta que el Real Madrid quiere recuperarlo para el Bernabéu en algún rol cuando decida colgar las botas.
La decisión, otra vez, está en sus pies.
Último baile con Croacia… y con máscara
De momento, Modric guarda silencio. No se moja sobre su futuro de club. Lo que todos dan por hecho es que este será su último gran torneo con Croacia. Y no lo afrontará en las mejores condiciones posibles: tendrá que jugar con una máscara protectora en el Mundial, una incomodidad extra en un torneo que ya de por sí exigirá al límite en lo físico.
Para cualquiera sería un obstáculo serio. Para él, un reto más.
Su carrera está construida precisamente sobre eso: sobre desmentir pronósticos, sobre ignorar opiniones ajenas. Lo dijo hace poco con una frase que le define: nunca le importó lo que dijeran los demás; al contrario, le servía de gasolina.
¿Quién se atreve a dar por acabado a Modric a los 40 años, enmascarado o no? En Inglaterra, desde luego, no. Ya aprendieron la lección. Y el fútbol, que a veces es cruel, también sabe cuándo aún no es momento de bajar el telón.
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