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Paul Pogba y su emotivo encuentro con Zidane

Paul Pogba ha ganado un Mundial, ha vestido la camiseta de Francia en noches de máxima presión y ha jugado en algunos de los clubes más grandes del planeta. Pero nada de eso evitó que se derrumbara como un aficionado más cuando se encontró cara a cara con su ídolo de siempre: Zinedine Zidane.

La escena, captada por las cámaras y disparada al instante por las redes sociales, tuvo algo de regreso a la infancia. Pogba, hoy centrocampista del Monaco, recibió una camiseta firmada por Zidane, el hombre que marcó a fuego a toda una generación de futbolistas franceses. En cuanto tuvo la elástica en las manos, la coraza del profesional se hizo añicos.

“¡No voy a dormir!”, exclamó Pogba, incapaz de contener la emoción, entre risas, nervios y brillo en los ojos. No era una pose. Era el niño que creció soñando con Zizou, de repente, frente a él.

El encuentro reunió a figuras de distintas épocas: Marcelo, Kaká, Rodrygo… nombres que por sí solos ya arman un póster de lujo. Pero el foco se lo llevó esa conexión entre el mito y el heredero espiritual, entre el 10 que levantó el Mundial de 1998 y el mediocampista que lo imitó, veinte años después, en Rusia.

La imagen de Pogba, campeón del mundo, comportándose como un fan más, dice mucho de la jerarquía simbólica que todavía tiene Zidane en el fútbol francés. Y dice también algo de Pogba: de su humanidad, de sus dudas, de su necesidad de agarrarse a referentes mientras intenta reconstruir su carrera.

Porque detrás de esa sonrisa desbordada hay un contexto mucho más duro. Pogba lleva tiempo lejos de la élite competitiva, golpeado por una larga ausencia por sanción de dopaje y por problemas físicos que no le han dado tregua. Su presente en el Monaco es el de un futbolista en plena reconstrucción, obsesionado con recuperar el ritmo, el físico y la continuidad que un día lo convirtieron en uno de los centrocampistas más dominantes del mundo.

Su prioridad es simple y brutal: volver a estar bien. Volver a sentirse jugador todos los fines de semana, sin miedo al cuerpo ni a la próxima lesión. Cada minuto en el campo, cada entrenamiento completo, es ahora una pequeña victoria.

Pero hay un objetivo que late por encima de todos los demás. Pogba no esconde que sigue soñando con la selección. Volver a vestir la camiseta de Francia es su gran premio, su horizonte. No es una nostalgia vacía: es una meta que lo empuja en cada sesión, una imagen que no quiere borrar de su carrera.

Mientras tanto, se aferra a gestos como el de Zidane. A la camiseta firmada. A ese “no voy a dormir” que suena a confesión y a combustible. Porque para un campeón que lo ha ganado casi todo, no hay nada más poderoso que descubrir que todavía queda algo enorme por perseguir. Y Pogba, a pesar de los golpes, todavía corre detrás de ese sueño azul.