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Francia en Norteamérica: talento, historia y retos defensivos

Francia llega a Norteamérica con algo más que cartel de favorita. Llega con el peso de una era. Campeona del mundo en 2018, subcampeona en 2022, siempre en la foto final cuando el fútbol se vuelve más cruel y más selectivo. No es casualidad. Es una estructura, un vestuario acostumbrado a caminar sobre el filo y un talento ofensivo que intimida solo con leer la lista de convocados.

Porque cuando una selección puede alinear, en un mismo torneo, a Kylian Mbappé, Michael Olise, Désiré Doué y Ousmane Dembélé, el debate sobre la calidad arriba se termina rápido. Ahí no hay discusión. La discusión empieza atrás.

Un arsenal ofensivo que asusta

Mbappé sigue siendo el tótem. Capitán, símbolo, dorsal 10 y rostro de una generación que ya sabe lo que es mandar en un Mundial. Vive instalado en esa franja de jugadores que no necesitan presentación: aparece, acelera, decide.

Pero esta Francia no se sostiene solo en su estrella. Michael Olise llega a la cita como uno de los futbolistas más en forma del continente. Su temporada con Bayern Munich ha sido la confirmación definitiva: dos cursos seguidos en Bundesliga con doble dígito en goles y asistencias, impacto real en Champions League y actuaciones que cambian partidos por sí solas.

En Bérgamo, ante Atalanta, firmó una exhibición que aún resuena: doblete, asistencia y una sensación constante de amenaza en cada toque en el 6-1 alemán. Un futbolista que mezcla creatividad y eficacia, que no se esconde en las grandes noches y que acaba de rematar su preparación con un hat-trick ante Irlanda del Norte en el último amistoso de Francia. A sus 24 años, el torneo en Norteamérica puede marcar un antes y un después en su carrera, tanto con Bayern como con la selección.

Désiré Doué y Ousmane Dembélé completan un frente ofensivo moldeado por Luis Enrique en un Paris Saint-Germain que ha encontrado en ellos desequilibrio, pausa y profundidad. Doué, cada vez más influyente entre líneas; Dembélé, ese extremo que puede desordenar cualquier sistema defensivo con una sola arrancada. Con ellos, Francia no solo tiene pólvora: tiene variedad, recursos, planes alternativos.

En términos de talento arriba, pocas selecciones pueden siquiera plantear un pulso. La pregunta, inevitable, aparece en el otro área.

Una defensa bajo sospecha y un vestuario por domar

La zaga francesa ha ofrecido demasiadas dudas en los últimos meses. Desajustes, desconexiones puntuales, errores que, en un torneo corto, se pagan con el billete de vuelta. La situación física de William Saliba añade otra sombra: su presencia es clave para dotar de seguridad y jerarquía a la línea defensiva. Si no llega al cien por cien, el castillo ofensivo puede quedar expuesto.

Y luego está el eterno reto de Francia: el vestuario. Talento a raudales, egos grandes, historias cruzadas. No siempre ha sido un grupo fácil de gestionar. Mantener la armonía durante varias semanas, con la presión de favorito y el ruido exterior, puede ser tan determinante como un gol en el minuto 90. Si el grupo se mantiene unido, si las tensiones no se disparan, será muy complicado evitar que Francia vuelva a aparecer en el último partido, en esa final de New Jersey que todos marcan en rojo.

El último baile de Deschamps

En medio de todo esto, una figura domina el relato: Didier Deschamps. Criticado por su estilo, cuestionado por su liderazgo tanto dentro como fuera de Francia, pero sostenido por un palmarés que habla más alto que cualquier tertulia.

Cuando tomó el mando en 2012, la selección venía de un ciclo roto tras la etapa de Laurent Blanc. El ambiente estaba envenenado, la identidad difusa. Deschamps reconstruyó desde la base: orden, jerarquía, meritocracia competitiva. El resultado está a la vista.

Bajo su mando, Les Bleus levantaron el Mundial de Rusia 2018 tras derrotar a Croacia en la final y conquistaron la UEFA Nations League en 2021, superando a España en Milán. A eso se suman dos finales más: la de la Eurocopa 2016, perdida en casa ante Portugal por aquel gol de Éder en la prórroga, y la del Mundial 2022, caída dramática ante Argentina en los penaltis tras uno de los partidos más salvajes en la historia del torneo.

Su contrato expira en julio y no habrá renovación. Se cierra así una etapa de casi 15 años al frente del banquillo. Pase lo que pase en Norteamérica, será su último baile con Francia. Y los últimos bailes, en selecciones de este tamaño, suelen ser intensos.

Olise, candidato a algo más que actor secundario

Aunque todos los focos apunten de entrada a Mbappé, el contexto invita a mirar con atención a Michael Olise. No solo como socio de lujo, sino como posible jugador más determinante de la selección en el torneo.

Su producción ofensiva habla claro: goles, asistencias, influencia constante en la circulación y en el último pase. Pero lo que realmente le coloca en otra dimensión es la consistencia. No aparece una vez al mes; aparece casi cada semana. En Champions, en Bundesliga, en amistosos con Francia. Su hat-trick ante Irlanda del Norte no fue un destello aislado, sino la prolongación natural de un curso en el que ha jugado como un futbolista que se sabe preparado para el siguiente escalón.

Si mantiene ese nivel con la camiseta de Les Bleus, no solo puede convertirse en el verdadero MVP del equipo. Puede salir del torneo como una de las grandes figuras del verano.

Akliouche, la carta oculta

Entre tanto nombre rutilante, conviene no perder de vista a Maghnes Akliouche. Deschamps le dio la primera oportunidad con la absoluta durante la fase de clasificación y el mediapunta respondió de inmediato: gol ante Azerbaiyán, asistencia frente a Islandia. Poco tiempo, mucha personalidad.

Formado en la academia de Monaco, una de las canteras más respetadas de Europa, Akliouche explotó definitivamente la última temporada: siete goles y doce asistencias entre Ligue 1 y Champions League. Números serios para un jugador que se mueve con naturalidad en la derecha de un 4-2-3-1, pero que también puede ocupar el carril central como organizador.

No es el típico extremo bajito y ligero. Combina físico, zancada y una técnica limpia, un perfil cada vez más cotizado en el fútbol moderno, donde se exige al atacante que gane duelos, que resista contactos y que siga marcando diferencias con el balón.

No parte como titular. No le hace falta para ser importante. Su rol apunta a ser el de arma desde el banquillo, esa pieza capaz de cambiar el ritmo de un partido cerrado, de encontrar el pase que nadie ve cuando los minutos pesan y los espacios se encogen. Si Francia se ve atascada, Akliouche puede ser el recurso inesperado que abra la puerta.

Francia viaja con historia reciente, talento desbordante y un seleccionador que se despide. Tiene gol, tiene estrellas, tiene fondo de armario. Le falta despejar dudas atrás y mantener la calma dentro. Si consigue las dos cosas, la pregunta no será si puede llegar a la final de New Jersey, sino quién será capaz de apartarla del camino.

Francia en Norteamérica: talento, historia y retos defensivos