Matheus Cunha y el dilema de ser "demasiado bueno"
Matheus Cunha, la etiqueta de “demasiado bueno” y el curioso doble rasero mediático
En un mismo fin de semana, los focos del fútbol de selecciones dejaron una estampa llamativa: Matheus Cunha consolando a Ao Tanaka tras la clasificación de Brasil ante Japón. Un gesto sencillo, humano, que en algunos rincones de la prensa inglesa ha acabado convertido en diagnóstico de carácter: el brasileño, dicen, es “demasiado amable” para ser grande. Y, por extensión, para triunfar en Manchester United.
El salto es llamativo. Y revela bastante más sobre el discurso mediático que sobre el propio Cunha.
Cunha, la “falta de garra” y un relato forzado
Jeremy Cross, del Daily Mirror, convirtió ese momento de consuelo en el eje de su lectura del partido: un “acto de clase” que, según él, no puede tapar una “incómoda verdad” sobre Brasil y sobre el delantero del United. Aparece entonces una idea que, hasta ahora, nadie había instalado con fuerza: existe “una sensación general” de que a Cunha le falta la dureza para acompañar su talento y dar el salto de buen futbolista a gran futbolista.
Cuesta encontrar rastro de esa supuesta “sensación general” más allá de la propia columna. Más aún cuando el historial del jugador incluye episodios bastante menos angelicales, como aquella sanción tras quitarle las gafas a un miembro de seguridad del Ipswich en pleno altercado. No es precisamente la biografía de un futbolista incapaz de competir en el barro.
Pero el relato se construye igual: Cunha abraza a un rival abatido, celebra después con sus compañeros y, de repente, ese minuto de empatía se presenta como síntoma de un problema estructural de Brasil. Como si el gran obstáculo de la Canarinha fuese que uno de sus delanteros “es demasiado buena persona”.
La conclusión final de Cross remata el cuadro: cuando Neymar se retire, el testigo de la selección, sostiene, irá a parar a Vinicius Junior, no a Cunha. Como si eso necesitara explicación psicológica. Como si la jerarquía futbolística entre ambos dependiera de quién consuela a quién al final de un partido y no de lo que ocurre durante 90 minutos.
El contraste con Vinicius y el molde del “crack”
Que Vinicius esté llamado a liderar Brasil cuando Neymar dé un paso al lado no es una tesis arriesgada; es puro sentido común. El extremo del Real Madrid ya se mueve en la élite absoluta, decide finales y vive instalado en la conversación por el Balón de Oro. Cunha, en cambio, todavía pelea por consolidarse en la primera línea europea y ahora encara el reto de demostrar que puede sostener el peso de un gigante como Manchester United.
Eso no tiene nada que ver con ser “demasiado bueno” o “demasiado blando”. Tiene que ver con impacto, continuidad, cifras, influencia en el juego. Con fútbol.
Pero el relato clásico del “nuevo líder de Brasil” exige otra cosa: carácter volcánico, gestos de rabia, una cierta dureza casi teatral. El tipo de rasgos que, en otros jugadores, se interpretan como ambición desbordante, pero que en Cunha se transforman, por contraste, en una supuesta carencia: le falta filo, le falta colmillo, le falta ego.
Y ahí aparece un doble rasero que no pasa desapercibido.
Harry Kane, el “más humilde de los superestrellas”
En otro rincón de la prensa inglesa, Craig Hope, del Daily Mail, se detiene en Harry Kane. Lo define como “el más humilde de los superestrellas”, pero añade que no se marcan sus goles sin “una tozuda dosis de alta autoestima”. Es decir: sin un ego importante.
La descripción plantea sus propias contradicciones, pero revela algo clave: cuando se trata de Kane, esa mezcla de humildad pública y fuerte amor propio se presenta como virtud. Como combustible competitivo. Como rasgo que explica su grandeza.
Cuando el foco se mueve hacia Jude Bellingham, el tono cambia. En ese mismo entorno mediático, el centrocampista del Real Madrid ha sido retratado como “divisive soloist”, “poster boy for moodiness”, “brand ambassador for petulance” y “angry young man”. El mismo tipo de intensidad emocional que en otros se celebra, en él se convierte en problema de carácter.
Y mientras Kane recibe la etiqueta de “el más humilde de los superestrellas”, Cunha es dibujado como un talento al que su humanidad podría frenar en la élite. El mensaje es claro: el ego fuerte es virtud en unos, sospecha en otros; la empatía es detalle noble en determinados relatos y síntoma de debilidad en otros.
Japón, Brasil y el contexto que se ignora
En medio de esa lectura sobre Brasil–Japón, otro detalle chirría. Matty Hewitt, también en el Daily Mirror, escribía que el gol de Japón parecía “un gran impulso” para Inglaterra, con la Canarinha al borde de la eliminación. Un matiz curioso, teniendo en cuenta que la selección inglesa perdió ante Japón hace apenas tres meses. No es precisamente el rival ideal para frotarse las manos.
El dato sirve para medir hasta qué punto algunos análisis se construyen más desde el guion previo que desde la realidad competitiva. Japón ya no es una comparsa. Brasil sigue siendo un gigante en construcción. E Inglaterra no puede permitirse tratar a nadie como “regalo del sorteo”.
En ese contexto, el gesto de Cunha con Tanaka encaja más en la normalidad del fútbol moderno que en un relato de debilidad. Los jugadores conviven, comparten vestuarios en clubes, se conocen desde juveniles. La línea entre rivalidad y respeto es cada vez más fina. Y, en cualquier caso, no hay una sola prueba de que ese minuto de consuelo le reste un gramo de agresividad al brasileño cuando la pelota rueda.
Alemania, Nagelsmann y el peso de una palabra
El tratamiento mediático del carácter no se limita a Brasil. La eliminación de Alemania en los penaltis ante Paraguay dejó otra portada significativa: el MailOnline tituló que Julian Nagelsmann “snaps” ante una “female reporter” tras la derrota, con Jürgen Klopp supuestamente al acecho del cargo.
El matiz importa. En el cuerpo del texto, Lili Engels aparece simplemente como “reporter”. El “female” se reserva para el titular, junto a una fotografía bien visible. El mensaje implícito cambia: no es solo un entrenador respondiendo con tensión tras un fracaso deportivo; es un técnico “encarándose” con una mujer. El tono se carga de una connotación distinta.
Luego se ve la escena y el dramatismo se desinfla. Es un intercambio algo tenso, sí, pero dentro de lo esperable cuando un seleccionador acaba de caer en un Mundial. Nada que justifique palabras como “furioso” o “snap” si uno las toma en su sentido literal. Mucho menos una lectura de escándalo.
Aquí el patrón se repite: se exagera el tono, se fuerza el encuadre, se busca el ángulo más inflamable. Y, de paso, se moldea la percepción pública de un entrenador al que, casualmente, ya le colocan sustituto en el mismo titular.
El eco del relato y el futuro de Cunha
Entre Cunha “demasiado bueno”, Kane “humildísimo pero con ego”, Bellingham “divisivo” y Nagelsmann “furioso” con una reportera, lo que asoma es algo más profundo que un puñado de columnas llamativas. Es la forma en que el discurso mediático sigue intentando encajar a futbolistas y entrenadores en moldes preestablecidos: el líder carismático, el genio problemático, el chico bueno que no llegará, el técnico al borde del abismo.
En ese tablero, Matheus Cunha se enfrenta a un doble desafío. Uno, el evidente: rendir en Manchester United, sostener su nivel en Brasil y demostrar que tiene fútbol para pelear con los mejores. Otro, menos visible pero igual de real: escapar de la caricatura del delantero amable al que le falta filo.
Porque cuando Neymar se retire y el foco apunte a Vinicius Junior, Rodrygo, Endrick, Cunha o quien venga detrás, la pregunta no será quién consoló a un rival en un Mundial. La pregunta será quién decidió partidos, quién sostuvo a Brasil en las noches grandes, quién soportó la presión sin romperse.
Y ahí, lejos de los titulares fáciles, ya no habrá espacio para relatos sobre si alguien fue “demasiado bueno”. Solo para comprobar quién estuvo realmente a la altura.
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